Querida Adriana:
Crisis vocacional: esas son las dos palabras que pueden definir estos meses. En efecto, encontré a Moby Dick y ha ofrecido demasiada resistencia, tal vez me vea obligada a mantener la caza hasta la salida del sol.
Como sea, ya hay un “plan B”, pues si no logro dominar a la ballena blanca, definitivamente, no pienso tirarme al mar ¿Cuál es el plan alterno? Estudiar Física, ¿crees que sea disparatado? se aleja del todo de lo que he hecho hasta ahora e incluso no sé si tenga las habilidades necesarias para hacerlo, hay algo en mí que se resiste a dar ese paso, aunque en realidad hoy inicié con mis lecciones de matemáticas.
Me gustaría saber que debo hacer, pero desafortunadamente es cierto aquello afirmado por Kundera acerca de que la vida sólo es un conjunto de hipótesis que si no son sometidas a un proceso de investigación se quedarán estériles y harán más aburrida e intolerable la existencia.
De repente siento un enorme hastío hacia todo y hacía todos, qué remedio puede haber. Siento que estoy dando “palos de ciego” y no acierto a encontrar la senda correcta, ¿has tenido esa sensación?
Por si fuera poco, comienzo a entender un poco la lógica con la que operaba un personaje de Truman Capote, del cual hace poco discutí con el maestro Enciso, me refiero a Holly de Desayuno en Tiffany’s , quien trataba de justificar sus actos al autoconvencerse de que no era una puta, si en el fondo de su corazón encontraba una chispa de amor.
¿Encuentro amor en mis actos?, no, más bien una especie de resaca moral que trato de ocultar con el disfraz de sentimientos fingidos. Sabes a que me refiero. Creo que enloquezco.
Ya, basta de divagaciones, dime qué piensas de mi plan B. Mientras, trataré de eludir la realidad con un libro.
Cuídate y ruega porque halle algún tipo de iluminación en este errático camino.
Más loca que de costumbre.
Jeanette
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martes, 2 de diciembre de 2008
viernes, 7 de noviembre de 2008
¿Por quién doblan las campanas?
Querida Adriana:
¿Has escuchado a las campanas doblar? La muerte tiene múltiples maneras para herirnos y el final biológico no es la única forma de despedida.
Hace casi diez años que las campanas sonaron para mí, ¿lo recuerdas? estudiábamos aún en el CCH y tuve que acompañar a mi madre a Veracruz. Al llegar al pueblo, un monótono tañido arrancó lamentos a Josefina: su padre había muerto.
¿Sufrí por aquel incidente? No particularmente; en toda mi infancia no vi a aquel hombre más de tres veces, casi no recuerdo nada de él, salvo las eternas peroratas de sus días de locura, cuando a la medianoche tomaba a bien improvisar cantos sacros, donde la virgen María y "los maicitos” adquirían el mismo nivel divino, o cuando se desgañitaba exigiendo comida —a las tres de la mañana— a María, mi abuela…
"María, hija de la chingada, ¿a qué hora van a estar mis chilaquiles?"… y ella, taciturna, se levantaba para acercarse a su catre y decirle que su hija, la "Inita", estaba de visita y que él, con sus gritos, no sólo iba a despertar a "los chiquillos" (léase mi hermano Joan y yo), sino a todo el vecindario.
"¿La Ina?", preguntaba un tanto sorprendido mi abuelo, a pesar de haber estado con mi madre toda la tarde. Mamá acomodaba mi cabeza en la almohada y se dirigía a la habitación de Guillermo: "ya duérmete, apá, ya es muy tarde".
Él la miraba unos minutos y, finalmente, fingía que dormía. Muchos años tuvo que aguantar María la locura de quien fue su esposo, desde mucho antes de que llegara su primera menstruación.
El aviso llegó por la noche —como suelen hacer las aves agoreras—, sonó el teléfono, mi papá contestó y, minutos después, vinieron los sollozos, las carreras y los fútiles esfuerzos por conseguir el dinero necesario para el funeral.
Si la memoria no me falla, aquella noche, yo leía el Werther de Goethe en la sala y mi hermano pretendía hacer su tarea en la cocina. Mamá entró (no sé porqué la recuerdo con el vestido negro de lunares blancos que traía puesto el día de la muerte de su hermano Alfonso, un par de años antes) y, tratando de contener los sollozos, nos informó que nuestro abuelo había muerto.
Pronto distinguí el enrojecimiento de la cara y los pliegues que se forman en la frente de Joan, cada vez que está a punto de llorar. Él lo quería y, supongo, que aún ahora, lo recuerda con cariño, pues en las pocas ocasiones que llegamos a ir de visita al pueblo, mi abuelo lo llevaba al barbecho o a la finca. Salían al camino de la mano, Guillermo con su camisa de franela a cuadros y un bordón para no perder el equilibrio, y Joan con la sonrisa de quien tiene siete años y no puede desear nada más que un viejo y ennegrecido sombrero de palma en la cabeza, una canasta con el almuerzo de mi tío en una mano y la posibilidad latente de mirar, tan sólo de reojo, a Carmelita, "corazón de chocolate", la vecina de ojitos verdes.
Yo también lloré y sólo ahora me atrevo a confesar que lo hice por motivos totalmente egoístas: esa semana iría a una comida con ciertos colombianos bastante guapos —al menos así me parecían a mis 16 años… bueno, también a mis 26—y ahora, me veía obligada a abandonar todos mis proyectos, por el deber de acompañar a mamá a Veracruz, pues Manuel, mi papá, no podía dejar el trabajo, Joan se quedaría para la escuela (estaba a punto de reprobar unas materias) y yo pasaba mis días holgazaneando, la UNAM se encontraba en huelga.
Al ver que los dos llorábamos, ella trató de tranquilizarnos y de explicarnos que mi abuelo había muerto porque ya estaba "muy viejito" y era preferible lo que estábamos pasando a que él hubiera sufrido durante largo tiempo por alguna enfermedad.
De muy mala gana, tomé un par de blusas, una chamarra y unos pantalones, los empaqué y subí al taxi que nos llevaría hasta la terminal de autobuses. Josefina no durmió en el camión, llegamos a Xalapa como a las tres de la mañana y, a esa hora, decidí desayunar. Ella no comió nada, ni siquiera quiso beber un café, ya no lloraba, pero sus ojos estaban anormalmente rojos. Tampoco quería hablar conmigo y se limitaba a ver hacia el frente, mientras esperábamos a que amaneciera, para poder tomar un transporte al pueblo, situado a unas dos horas de la capital.
Nunca dejé de hacer cálculos, todo el camino me la pasé observando vacas por la ventanilla y planeando estrategias para regresar pronto: "hoy lo entierran, otro día para descansar, uno para regresar y… ya está, en cuatro días puedo volver e ir a comer con Cocorro, Adriana y, claro está, con Esteban… ¡ah, qué bonitos ojos tiene Esteban!".
Llegamos a Cerrillos, es el nombre del lugar donde nació mi mamá, alrededor de las ocho de la mañana. Al abrir la puerta del taxi, me recibió el tétrico lamento de las campanas del pueblo, doblaban por mi abuelo.
Mamá no pudo reprimirse por más tiempo. Me dejó a la mitad de la calle empedrada, con las maletas tiradas a mis pies, y sitiada por la mirada curiosa de media decena de lugareños de hablar entrecortado, bigotes ralos y dientes de oro.
—Buenos días—, aventuré para salir del paso. Ellos, los amigos de mi abuelo, me contestaron e iniciaron el interrogatorio:"¿tú eres la hija de la Ina, verdá?", "¿y vienen solas verdá?","¿y tú papa (sic) no va a venir?", "¿querías mucho al ‘indio’?"…Contrariada, esperaba el regreso de mi madre, para que pudiera ayudarme con las mochilas y pagara al taxista…"sí señor, soy yo", "sí señor llegamos a las tres a Xalapa","no señor, tenía que trabajar, pero va a venir a recogernos", "no sé quién sea el ‘indio’, señor… ¡ah, mi abuelo!, sí señor lo quería mucho", "claro, debemos ser fuertes, así es la vida"…
Al entrar en la casa, me llamó la atención el trajín de muchas mujeres en la sala. Unas ponían flores en vasos de vidrio, otras encendían veladoras, algunas entraban y salían de la cocina al patio con recipientes de barro o aluminio entre las manos. De no ser por el cadáver cubierto con sábanas blancas que estaba sobre una mesa de madera, cualquiera se hubiera atrevido a jurar que aquellas figuras de delantal de cuadritos, trenzas largas y vestidos floreados se preparaban para una fiesta.
Entré a la cocina sin que nadie reparara en mí. Mi abuela miraba las ascuas del fogón, mientras se cubría la cabeza con un reboso azul marino y se mecía casi imperceptiblemente en una silla de madera a punto de quebrarse de tan vieja que era. ¿Qué le podía decir?, me acerqué, me arrodillé para quedar a la altura de su cara y le di un beso en la frente. "Mi niña, ¡qué bueno que vinites!", tras una breve mirada, rompió en sollozos. Me limité a abrazarla.
Un par de horas después, llegaron unos hombres con un ataúd demasiado grande para mi abuelo. El féretro me pareció demasiado colorido para la ocasión, era morado y estaba circundado por hilitos de color amarillo. La tapa estaba separada de la caja.
Con extraordinaria fortaleza, mi madre y abuela contemplaban cómo colocaban el cuerpo dentro del cajón. Mamá se acercó a hablar con Guillermo —hasta hoy ignoro lo que le dijo— y se despidió con un beso.
No creo haber vivido nada más terrible, esos segundos quitaron el egoísmo de mí y, por primera vez, lloré con sinceridad, no por mi abuelo, sino por el dolor de Josefina, a quien amo más que a nadie, y los angustiosos lamentos de mi abuela. Un hombre se acercó a clavar la tapa. Para mí, cada uno de los golpes resonarán para siempre, porque se mezclaron con los gritos de mamá y el doblar de las campanas.
Regresamos a la ciudad quince días después y, en realidad, ya no me importaba el haber perdido la reunión, mi abuela dejó su pueblo y se quedó a vivir con nosotros.
Aquel día de los dobles, la muerte me tocó por primera vez, no porque se haya llevado a alguien que yo quería, sino porque había desgarrado la alegría de mi madre. Desde entonces, Adriana, he de confesar que tengo miedo a la muerte, no a la mía, sino a la de quienes amo. ¿Qué haría yo si me dejan?
Por último, debo aceptar que tengo cierta morbosa curiosidad por saber cómo sonarán las campanas, cuando doblen por mí.
Tu siempre querida
¿Has escuchado a las campanas doblar? La muerte tiene múltiples maneras para herirnos y el final biológico no es la única forma de despedida.
Hace casi diez años que las campanas sonaron para mí, ¿lo recuerdas? estudiábamos aún en el CCH y tuve que acompañar a mi madre a Veracruz. Al llegar al pueblo, un monótono tañido arrancó lamentos a Josefina: su padre había muerto.
¿Sufrí por aquel incidente? No particularmente; en toda mi infancia no vi a aquel hombre más de tres veces, casi no recuerdo nada de él, salvo las eternas peroratas de sus días de locura, cuando a la medianoche tomaba a bien improvisar cantos sacros, donde la virgen María y "los maicitos” adquirían el mismo nivel divino, o cuando se desgañitaba exigiendo comida —a las tres de la mañana— a María, mi abuela…
"María, hija de la chingada, ¿a qué hora van a estar mis chilaquiles?"… y ella, taciturna, se levantaba para acercarse a su catre y decirle que su hija, la "Inita", estaba de visita y que él, con sus gritos, no sólo iba a despertar a "los chiquillos" (léase mi hermano Joan y yo), sino a todo el vecindario.
"¿La Ina?", preguntaba un tanto sorprendido mi abuelo, a pesar de haber estado con mi madre toda la tarde. Mamá acomodaba mi cabeza en la almohada y se dirigía a la habitación de Guillermo: "ya duérmete, apá, ya es muy tarde".
Él la miraba unos minutos y, finalmente, fingía que dormía. Muchos años tuvo que aguantar María la locura de quien fue su esposo, desde mucho antes de que llegara su primera menstruación.
El aviso llegó por la noche —como suelen hacer las aves agoreras—, sonó el teléfono, mi papá contestó y, minutos después, vinieron los sollozos, las carreras y los fútiles esfuerzos por conseguir el dinero necesario para el funeral.
Si la memoria no me falla, aquella noche, yo leía el Werther de Goethe en la sala y mi hermano pretendía hacer su tarea en la cocina. Mamá entró (no sé porqué la recuerdo con el vestido negro de lunares blancos que traía puesto el día de la muerte de su hermano Alfonso, un par de años antes) y, tratando de contener los sollozos, nos informó que nuestro abuelo había muerto.
Pronto distinguí el enrojecimiento de la cara y los pliegues que se forman en la frente de Joan, cada vez que está a punto de llorar. Él lo quería y, supongo, que aún ahora, lo recuerda con cariño, pues en las pocas ocasiones que llegamos a ir de visita al pueblo, mi abuelo lo llevaba al barbecho o a la finca. Salían al camino de la mano, Guillermo con su camisa de franela a cuadros y un bordón para no perder el equilibrio, y Joan con la sonrisa de quien tiene siete años y no puede desear nada más que un viejo y ennegrecido sombrero de palma en la cabeza, una canasta con el almuerzo de mi tío en una mano y la posibilidad latente de mirar, tan sólo de reojo, a Carmelita, "corazón de chocolate", la vecina de ojitos verdes.
Yo también lloré y sólo ahora me atrevo a confesar que lo hice por motivos totalmente egoístas: esa semana iría a una comida con ciertos colombianos bastante guapos —al menos así me parecían a mis 16 años… bueno, también a mis 26—y ahora, me veía obligada a abandonar todos mis proyectos, por el deber de acompañar a mamá a Veracruz, pues Manuel, mi papá, no podía dejar el trabajo, Joan se quedaría para la escuela (estaba a punto de reprobar unas materias) y yo pasaba mis días holgazaneando, la UNAM se encontraba en huelga.
Al ver que los dos llorábamos, ella trató de tranquilizarnos y de explicarnos que mi abuelo había muerto porque ya estaba "muy viejito" y era preferible lo que estábamos pasando a que él hubiera sufrido durante largo tiempo por alguna enfermedad.
De muy mala gana, tomé un par de blusas, una chamarra y unos pantalones, los empaqué y subí al taxi que nos llevaría hasta la terminal de autobuses. Josefina no durmió en el camión, llegamos a Xalapa como a las tres de la mañana y, a esa hora, decidí desayunar. Ella no comió nada, ni siquiera quiso beber un café, ya no lloraba, pero sus ojos estaban anormalmente rojos. Tampoco quería hablar conmigo y se limitaba a ver hacia el frente, mientras esperábamos a que amaneciera, para poder tomar un transporte al pueblo, situado a unas dos horas de la capital.
Nunca dejé de hacer cálculos, todo el camino me la pasé observando vacas por la ventanilla y planeando estrategias para regresar pronto: "hoy lo entierran, otro día para descansar, uno para regresar y… ya está, en cuatro días puedo volver e ir a comer con Cocorro, Adriana y, claro está, con Esteban… ¡ah, qué bonitos ojos tiene Esteban!".
Llegamos a Cerrillos, es el nombre del lugar donde nació mi mamá, alrededor de las ocho de la mañana. Al abrir la puerta del taxi, me recibió el tétrico lamento de las campanas del pueblo, doblaban por mi abuelo.
Mamá no pudo reprimirse por más tiempo. Me dejó a la mitad de la calle empedrada, con las maletas tiradas a mis pies, y sitiada por la mirada curiosa de media decena de lugareños de hablar entrecortado, bigotes ralos y dientes de oro.
—Buenos días—, aventuré para salir del paso. Ellos, los amigos de mi abuelo, me contestaron e iniciaron el interrogatorio:"¿tú eres la hija de la Ina, verdá?", "¿y vienen solas verdá?","¿y tú papa (sic) no va a venir?", "¿querías mucho al ‘indio’?"…Contrariada, esperaba el regreso de mi madre, para que pudiera ayudarme con las mochilas y pagara al taxista…"sí señor, soy yo", "sí señor llegamos a las tres a Xalapa","no señor, tenía que trabajar, pero va a venir a recogernos", "no sé quién sea el ‘indio’, señor… ¡ah, mi abuelo!, sí señor lo quería mucho", "claro, debemos ser fuertes, así es la vida"…
Al entrar en la casa, me llamó la atención el trajín de muchas mujeres en la sala. Unas ponían flores en vasos de vidrio, otras encendían veladoras, algunas entraban y salían de la cocina al patio con recipientes de barro o aluminio entre las manos. De no ser por el cadáver cubierto con sábanas blancas que estaba sobre una mesa de madera, cualquiera se hubiera atrevido a jurar que aquellas figuras de delantal de cuadritos, trenzas largas y vestidos floreados se preparaban para una fiesta.
Entré a la cocina sin que nadie reparara en mí. Mi abuela miraba las ascuas del fogón, mientras se cubría la cabeza con un reboso azul marino y se mecía casi imperceptiblemente en una silla de madera a punto de quebrarse de tan vieja que era. ¿Qué le podía decir?, me acerqué, me arrodillé para quedar a la altura de su cara y le di un beso en la frente. "Mi niña, ¡qué bueno que vinites!", tras una breve mirada, rompió en sollozos. Me limité a abrazarla.
Un par de horas después, llegaron unos hombres con un ataúd demasiado grande para mi abuelo. El féretro me pareció demasiado colorido para la ocasión, era morado y estaba circundado por hilitos de color amarillo. La tapa estaba separada de la caja.
Con extraordinaria fortaleza, mi madre y abuela contemplaban cómo colocaban el cuerpo dentro del cajón. Mamá se acercó a hablar con Guillermo —hasta hoy ignoro lo que le dijo— y se despidió con un beso.
No creo haber vivido nada más terrible, esos segundos quitaron el egoísmo de mí y, por primera vez, lloré con sinceridad, no por mi abuelo, sino por el dolor de Josefina, a quien amo más que a nadie, y los angustiosos lamentos de mi abuela. Un hombre se acercó a clavar la tapa. Para mí, cada uno de los golpes resonarán para siempre, porque se mezclaron con los gritos de mamá y el doblar de las campanas.
Regresamos a la ciudad quince días después y, en realidad, ya no me importaba el haber perdido la reunión, mi abuela dejó su pueblo y se quedó a vivir con nosotros.
Aquel día de los dobles, la muerte me tocó por primera vez, no porque se haya llevado a alguien que yo quería, sino porque había desgarrado la alegría de mi madre. Desde entonces, Adriana, he de confesar que tengo miedo a la muerte, no a la mía, sino a la de quienes amo. ¿Qué haría yo si me dejan?
Por último, debo aceptar que tengo cierta morbosa curiosidad por saber cómo sonarán las campanas, cuando doblen por mí.
Tu siempre querida
Jeanette
El primer encuentro con el Leviatán
Querida Adriana:
Sé que es un lugar común hablar de las encrucijadas del camino; sin embargo, puedo afirmar el encontrarme en una de ellas. Todos sabemos que son diferentes las cosas que deseas hacer y aquéllas que realmente puedes realizar.
En realidad, es imposible ser bueno en todo y, en estas últimas semanas, me he dado cuenta de mi posesión de ciertas habilidades: puedo hacer corrección de estilo sin mayor problema, he podido ayudar, aunque sea someramente, a algunos de mis alumnos, ¿te he contado que uno de ellos decidió estudiar periodismo bajo el argumento de que quiere ser como yo?
¿A qué viene todo esto? fácil, tal vez el reporteo no esté entre mis posibilidades. Hiroshi me dio la oportunidad de estar en Global, pero no he realizado grandes cosas, me cuesta muchísimo lograr una entrevista, recién he acertado en el enfoque buscado en los reportajes y, en los primeros días, llegué al extremo de que el editor me pidiera escribir siguiendo la estructura de "sujeto, verbo y predicado". Te juro que, hasta ese día, nunca había podido aplicar a cabalidad el adjetivo "estúpida" (por no usar una palabra más fuerte) en mí misma.
Tal vez debería dedicarme únicamente a la corrección, al parecer consideran bueno mi trabajo en Mc Graw-Hill y aún siguen buscándome en Patria. Quizá sea momento de despertar y dejar de soñar, pero me resisto (tú sabes cuán terca soy) y mi lado más soberbio aflora y me impulsa a seguir aquí y a decir "si otros lo han podido hacer por qué yo no".
Es probable que este discurso derrotista nazca de mi cansancio crónico. Como sea , al mirar alrededor, es inevitable recordar una frase dicha por mi novio muerto, Víctor Hugo, en El 93:"los animales tienen derecho a descansar, más no los hombres" y entonces, a pesar de todo, retomo la lucha donde la había abandonado y me prometo a mi misma que no desistiré, sino hasta en el momento en que me vea precisada a dejar mi sangre sobre el papel o en el teclado de la computadora.
¿Lo ves? tan sólo con escribir esto he retornado a mi propósito original, no puedo permitirme hacer algo diferente en esta vida…
Pues así las cosas: yo lo intento, me dicen que no sirvo; lloro un día y al otro estoy feliz por haber hecho una entrevista, por ver mi nombre impreso sobre el periódico o, simplemente, por escuchar todas las cosas que dicen quienes me rodean.
Debo irme, monstruo, debo hacer un cuestionario y escribir, qué importa si, dentro de algunos minutos, me veo forzada a empezar de nuevo, al fin y al cabo, tengo la seguridad de siempre poder reiniciar.
Con grandes problemas de bipolaridad, tu siempre afectuosa
Jeanette
En realidad, es imposible ser bueno en todo y, en estas últimas semanas, me he dado cuenta de mi posesión de ciertas habilidades: puedo hacer corrección de estilo sin mayor problema, he podido ayudar, aunque sea someramente, a algunos de mis alumnos, ¿te he contado que uno de ellos decidió estudiar periodismo bajo el argumento de que quiere ser como yo?
¿A qué viene todo esto? fácil, tal vez el reporteo no esté entre mis posibilidades. Hiroshi me dio la oportunidad de estar en Global, pero no he realizado grandes cosas, me cuesta muchísimo lograr una entrevista, recién he acertado en el enfoque buscado en los reportajes y, en los primeros días, llegué al extremo de que el editor me pidiera escribir siguiendo la estructura de "sujeto, verbo y predicado". Te juro que, hasta ese día, nunca había podido aplicar a cabalidad el adjetivo "estúpida" (por no usar una palabra más fuerte) en mí misma.
Tal vez debería dedicarme únicamente a la corrección, al parecer consideran bueno mi trabajo en Mc Graw-Hill y aún siguen buscándome en Patria. Quizá sea momento de despertar y dejar de soñar, pero me resisto (tú sabes cuán terca soy) y mi lado más soberbio aflora y me impulsa a seguir aquí y a decir "si otros lo han podido hacer por qué yo no".
Es probable que este discurso derrotista nazca de mi cansancio crónico. Como sea , al mirar alrededor, es inevitable recordar una frase dicha por mi novio muerto, Víctor Hugo, en El 93:"los animales tienen derecho a descansar, más no los hombres" y entonces, a pesar de todo, retomo la lucha donde la había abandonado y me prometo a mi misma que no desistiré, sino hasta en el momento en que me vea precisada a dejar mi sangre sobre el papel o en el teclado de la computadora.
¿Lo ves? tan sólo con escribir esto he retornado a mi propósito original, no puedo permitirme hacer algo diferente en esta vida…
Pues así las cosas: yo lo intento, me dicen que no sirvo; lloro un día y al otro estoy feliz por haber hecho una entrevista, por ver mi nombre impreso sobre el periódico o, simplemente, por escuchar todas las cosas que dicen quienes me rodean.
Debo irme, monstruo, debo hacer un cuestionario y escribir, qué importa si, dentro de algunos minutos, me veo forzada a empezar de nuevo, al fin y al cabo, tengo la seguridad de siempre poder reiniciar.
Con grandes problemas de bipolaridad, tu siempre afectuosa
Jeanette
jueves, 28 de agosto de 2008
Recuerdos desde Nantucket
Querida Adriana:
He pasado demasiado tiempo en Nantucket y ahora es necesario regresar al océano. Debo dejar de jugar a ser Ismael, por más que me complazca la contemplación del mar, y aceptar, de una buena vez por todas, que soy el monomaniático Ajab y me destino es cazar a la ballena blanca o, de lo contrario, resignarme a morir, pues para mí no existe otro camino posible. ¿Desistir? Nunca. Prefiero navegar eternamente con mi pata de palo y la amargura en el corazón a perderme en el abismo de la molicie y el sinsentido.
Dentro de una semana me embarcaré, no espero que nadie vaya a despedirse al puerto, pero mucho me temo que si hay un naufragio, no encontraré los suficientes despojos para salir a flote. A Ismael, le aterraba el misterio del gran cachalote: el color le traía reminiscencias de antiguos actos siniestros, su habilidad le producía el vértigo atrayente del abismo y la incertidumbre de la muerte; sin embargo, más extraña que las aberraciones de un mundo caprichoso, es la irracionalidad del capitán, quien a sabiendas de su inferioridad respecto al monstruo, decide apostar su vida a la extraña empresa del dominio de la quimera, al sometimiento de la utopía, cuya materialización implicará el resumen y el premio a toda su existencia.
Sé que eres mi confidente, pero tú y yo conocemos de sobra que Moby Dick es sólo mi enemiga y esta aventura he de emprenderla sola y tengo mucho miedo, pues soy completamente consiente de mis debilidades y pecados. ¿Dios me ayudará? No, sabes que Él no moverá ni un dedo, todo depende, entonces, del viento y de mis habilidades como marinero, soy novel en el arte de la navegación, pero aspiro a convertirme en viejo lobo de mar. Supongo que intuyes las pregunta obligada: ¿cómo lograré clavar el arpón en su enorme corazón?, cada día me doy cuenta de mi flaqueza y me asusta mi ignorancia, pero tal vez si estudio, si me guío de los más sabios y persisto en mi cometido, finalmente logre vencerla.
Así, pues, levanto anclas de nuevo: tenderé el velamen y espero que mi alma no se amotine, ni el fuego logre llegar a la santamaría de mi barco. Con el paso de los días te daré la crónica de mi viaje, espero con ansia el día en que logre derrotar a mi monstruo.
Desde el puerto, tu fiel
Jeanette
He pasado demasiado tiempo en Nantucket y ahora es necesario regresar al océano. Debo dejar de jugar a ser Ismael, por más que me complazca la contemplación del mar, y aceptar, de una buena vez por todas, que soy el monomaniático Ajab y me destino es cazar a la ballena blanca o, de lo contrario, resignarme a morir, pues para mí no existe otro camino posible. ¿Desistir? Nunca. Prefiero navegar eternamente con mi pata de palo y la amargura en el corazón a perderme en el abismo de la molicie y el sinsentido.
Dentro de una semana me embarcaré, no espero que nadie vaya a despedirse al puerto, pero mucho me temo que si hay un naufragio, no encontraré los suficientes despojos para salir a flote. A Ismael, le aterraba el misterio del gran cachalote: el color le traía reminiscencias de antiguos actos siniestros, su habilidad le producía el vértigo atrayente del abismo y la incertidumbre de la muerte; sin embargo, más extraña que las aberraciones de un mundo caprichoso, es la irracionalidad del capitán, quien a sabiendas de su inferioridad respecto al monstruo, decide apostar su vida a la extraña empresa del dominio de la quimera, al sometimiento de la utopía, cuya materialización implicará el resumen y el premio a toda su existencia.
Sé que eres mi confidente, pero tú y yo conocemos de sobra que Moby Dick es sólo mi enemiga y esta aventura he de emprenderla sola y tengo mucho miedo, pues soy completamente consiente de mis debilidades y pecados. ¿Dios me ayudará? No, sabes que Él no moverá ni un dedo, todo depende, entonces, del viento y de mis habilidades como marinero, soy novel en el arte de la navegación, pero aspiro a convertirme en viejo lobo de mar. Supongo que intuyes las pregunta obligada: ¿cómo lograré clavar el arpón en su enorme corazón?, cada día me doy cuenta de mi flaqueza y me asusta mi ignorancia, pero tal vez si estudio, si me guío de los más sabios y persisto en mi cometido, finalmente logre vencerla.
Así, pues, levanto anclas de nuevo: tenderé el velamen y espero que mi alma no se amotine, ni el fuego logre llegar a la santamaría de mi barco. Con el paso de los días te daré la crónica de mi viaje, espero con ansia el día en que logre derrotar a mi monstruo.
Desde el puerto, tu fiel
Jeanette
miércoles, 13 de agosto de 2008
Sabor lima- limón
Querida Adriana:
Como Mamburú se fue a la guerra (sí, ¡qué dolor, qué dolor, qué pena!) sin despedirse de mí, he ocupado mi mente en cuestiones tan trascendentes como la forma de las nubes (¿qué?, de alguna manera debo eludir la realidad, so pena de convertirme en tu amiga la loca).
Pues bien, ayer aproveché mi viaje a Naucalpan (sabes de mis clases ahí) para relajarme un poco y ahuyentar los fantasmas. Entre mis lúdicas actividades microbuseras, incluí la observación del cielo y fue inevitable recordar aquel viejo fragmento de Canek que solía leer con Kathya en la explanada de la Facultad, ¿lo recuerdas?:
“-Mira las nubes, Jacinto. Dentro de ellas viven los fantasmas. Cuando los fantasmas duermen, las nubes son blancas; vuelan despacio para no despertarlos. Los mecen y los llevan lejos. Cuando los fantasmas despiertan, las nubes se vuelven grises y se agazapan contra el horizonte. Cuando los fantasmas se enfurecen, entonces las nubes se tornan negras, se agrietan y estallan.
Canek preguntó:
- ¿Y nunca salen los fantasmas de las nubes?
- Cuando salen de las nubes, las nubes desaparecen.
- ¿Entonces qué son las nubes?
- Las nubes, Jacinto, son las sombras de los fantasmas”
Sí, es muy bueno. Quisiera algún día poder escribir de esa forma.
¿Sabes en qué más pensé ayer, Adriana? En todo lo que solía soñar. No cabe duda de que, con el tiempo, todo se desmorona…
No pensemos en ello y cambiemos de tema. Déjame contarte que por estos días me he ocupado de dar clases de gramática. Cuando llegamos a la conjugación de los verbos, uno de mis alumnos me lanzó una pregunta que ya me habían hecho antes (tal vez tú sabes cuál es la respuesta): ¿cómo se conjuga “saber”?, inicialmente, pensé que hablaba del “saber” referido a la posesión de ciertos conocimientos o habilidades; sin embargo, él especificó que se refería al “saber” que significa tener sabor, verbo comúnmente aplicado sólo a las terceras personas tanto del plural como del singular. Ante tal duda, llegó a mi mente el vívido recuerdo de una tarde en que alguien me dijo: “sabes a manzana con canela”… “tú tienes un gusto a limón”, debí haber contestado en aquel entonces, pero con los nervios me limité a reír estúpidamente.
Yo sé, tú sabes, él sabe… No es que él tenga un sabor cítrico, más bien todo su cuerpo huele de esa forma, su cabello, su cuello, sus brazos… sus labios hechos un tanto de esencia de naranjas y otro tanto de jugo de limas.
Nosotros sabemos, ellos saben, ustedes saben, sí en efecto, no sólo los alimentos poseen sabor, las personas también lo tienen y cuando ellas deciden alejarse de ti, sólo los aromas y un agridulce gusto en la lengua preservan la memoria de los días pasados.
“Saber de sabor”, como diría mi avispado alumno, se conjuga de la misma manera que saber; sin embargo, como vos sabéis, los conocimientos escapan, tarde o temprano, de tu mente… pero, los sabores, Adriana, te dejan la tibia conciencia de lo perdido.
Con nostalgia
Jeanette
domingo, 10 de agosto de 2008
Sobre la vida en los libros
Querida Adriana:
Si algo me molesta de las personas, es el hecho de que deseen pensar por ti; dan por sentadas sus convicciones, sin tomarse la molestia de consultar tu opinión. A casi un mes de distancia, no acabo de entender lo sucedido… ¡qué más da! Culpa mía es por creer a pies juntillas todo lo que me dicen. Nunca fue más clara para mí aquella vieja máxima que dice “en el pecado viene la penitencia”. Claro está que no me arrepiento, yo no hice nada inadecuado y si alguien se equivocó, de cierto te sé decir que no fui yo.
Me causa una enorme repulsa el vivir en este siglo, sé que es motivo de risa, pero en verdad hubiese agradecido ser un personaje de un libro de Austin… sí, me puedes argüir, y con justa razón, que, en más de una ocasión, esa escritora fue calificada de “tonta mariposa atrapa maridos”, pero la verdad es que nunca se casó (gran paradoja), además yo dije que deseo ser uno de sus personajes y no ella misma. ¿A quién, entonces, me refiero?, por su puesto, a Elizabeth Bennet, ¿puedes imaginar vida más feliz y gratificante? Estudios de música, pintura, alemán, francés, latín, historia, geografía, tiempo para la lectura, caminatas por el campo y particular talento para las letras; todo ello, complementado con viajes a Londres y a París, amén de relaciones perfectas.
Todo sería más fácil si viviera dentro de un libro decimonónico o anterior ─voy mejorando, de niña quería ser un personaje de serie animada─, ¡hubiese sido fantástico ser Eponine Tenandier de Víctor Hugo (de hecho me identifico un poco con ella y haber sido Cosette implicaría aceptar ser un tanto estúpida y el asunto aquí es mejorar)!, ¡qué tal Elizabeth Havisham de Dickens!: la loca eternamente enamorada de un hombre que la abandonó en el altar, vestida para siempre de novia con un albo traje bordado de telarañas… Sí, ya sé que por ahora no tengo tiempo para la demencia, debo trabajar y sacar el más cuerdo de mis rostros, para afrontar a mis “alumnos” ─que, por cierto, tienen la habilidad de inducirme al delirio─ y a la monomanía que he forjado por mi Moby Dick personal, tú sabes bien cuál es.
¿Sabes qué sería en verdad divertido? Despertar un día y descubrir que, en lugar de estar en mi cama, me encuentro en el vagón de un tren camino a los Cárpatos: La puerta se abre y… ¿señorita Murray hemos tenido durante la noche noticias del conde?, en ese caso, a ti te hubiese correspondido ser la poco cándida señorita Lucy Westenra y, a decir verdad, no creo que te vaya muy bien el papel, eres demasiado casta para ello.
¿Quién te gustaría ser querida Adriana?, nunca en los viajes emprendidos de la mano de mis novios muertos he encontrado a alguien parecida a ti y eso puede ser explicable por la razón de que tú eres uno de esos seres sencillos a quien el mundo odiaría perder… pero, ahora que lo pienso, tal vez te asemejas un poco a Carlota, la obsesión de Werther, coqueta, un tanto desconsiderada con tus pretendientes… espero que no induzcas a Carlos Daniel al suicidio, aunque a él le falta el encanto, la sensibilidad, la inteligencia y, por su puesto, como un metro de estatura (soy una bruja malvada), para asemejarse al héroe creado por Goethe.
Me gusta imaginar a David como a Dorian Gray (a él le gustaría ser eternamente joven y hermoso), a Cristóbal como el doctor Seward y a mi pequeño Emir siempre le doy un papel en cada una de mis lecturas, aún no sé a quién se parece exactamente, es demasiado complicado y listo: ha sido Ismael, Julián Soren, Sydney Carton, Mr. Hyde, Roberto de la Griva y, por estos días, le he dado la tarea de representar a Miramón, pues estoy leyendo a Fernando del Paso.
Para redondear esta carta y con el fin de recuperar la idea del primer párrafo, diré que hace poco tiempo, pensé encontrar a mi propio Fitzpatrick Darcy ─en algunas traducciones Fitzwilliam─, pero al parecer a él no le pareció tan buena idea quedarse conmigo. A pesar de que lo quiero mucho y lo extraño demasiado, lo mejor es desistir, dejarlo ir, aunque ─si lo he de confesar─ nada me gustaría más que olvidar todo y poder tener la seguridad de que él también desea estar a mi lado.
Con cariño
Jeanette
P.D. Deseo aclarar que Cartas a Adriana, es una sección en la que pretendo abordar toda clase de temas, pero en un tono más impersonal. El que estén dirigidas a mi amiga, no quiere decir que sean sólo para ella, esto lo digo por el comentario que me hizo llegar el buen José Luis Enciso; más bien, Cartas a Adriana trata de emular un poco el estilo epistolar de mis escritores favoritos, ¿me darán la licencia para ello?
Aclaro, también, que esta será la única ocasión en la que abordó un tema tan personal, pues no deseo convertir esto en un diario de chismes ─es más, no creo que le importen a nadie─, es sólo que por esta ocasión no lo pude resistir.
Si algo me molesta de las personas, es el hecho de que deseen pensar por ti; dan por sentadas sus convicciones, sin tomarse la molestia de consultar tu opinión. A casi un mes de distancia, no acabo de entender lo sucedido… ¡qué más da! Culpa mía es por creer a pies juntillas todo lo que me dicen. Nunca fue más clara para mí aquella vieja máxima que dice “en el pecado viene la penitencia”. Claro está que no me arrepiento, yo no hice nada inadecuado y si alguien se equivocó, de cierto te sé decir que no fui yo.
Me causa una enorme repulsa el vivir en este siglo, sé que es motivo de risa, pero en verdad hubiese agradecido ser un personaje de un libro de Austin… sí, me puedes argüir, y con justa razón, que, en más de una ocasión, esa escritora fue calificada de “tonta mariposa atrapa maridos”, pero la verdad es que nunca se casó (gran paradoja), además yo dije que deseo ser uno de sus personajes y no ella misma. ¿A quién, entonces, me refiero?, por su puesto, a Elizabeth Bennet, ¿puedes imaginar vida más feliz y gratificante? Estudios de música, pintura, alemán, francés, latín, historia, geografía, tiempo para la lectura, caminatas por el campo y particular talento para las letras; todo ello, complementado con viajes a Londres y a París, amén de relaciones perfectas.
Todo sería más fácil si viviera dentro de un libro decimonónico o anterior ─voy mejorando, de niña quería ser un personaje de serie animada─, ¡hubiese sido fantástico ser Eponine Tenandier de Víctor Hugo (de hecho me identifico un poco con ella y haber sido Cosette implicaría aceptar ser un tanto estúpida y el asunto aquí es mejorar)!, ¡qué tal Elizabeth Havisham de Dickens!: la loca eternamente enamorada de un hombre que la abandonó en el altar, vestida para siempre de novia con un albo traje bordado de telarañas… Sí, ya sé que por ahora no tengo tiempo para la demencia, debo trabajar y sacar el más cuerdo de mis rostros, para afrontar a mis “alumnos” ─que, por cierto, tienen la habilidad de inducirme al delirio─ y a la monomanía que he forjado por mi Moby Dick personal, tú sabes bien cuál es.
¿Sabes qué sería en verdad divertido? Despertar un día y descubrir que, en lugar de estar en mi cama, me encuentro en el vagón de un tren camino a los Cárpatos: La puerta se abre y… ¿señorita Murray hemos tenido durante la noche noticias del conde?, en ese caso, a ti te hubiese correspondido ser la poco cándida señorita Lucy Westenra y, a decir verdad, no creo que te vaya muy bien el papel, eres demasiado casta para ello.
¿Quién te gustaría ser querida Adriana?, nunca en los viajes emprendidos de la mano de mis novios muertos he encontrado a alguien parecida a ti y eso puede ser explicable por la razón de que tú eres uno de esos seres sencillos a quien el mundo odiaría perder… pero, ahora que lo pienso, tal vez te asemejas un poco a Carlota, la obsesión de Werther, coqueta, un tanto desconsiderada con tus pretendientes… espero que no induzcas a Carlos Daniel al suicidio, aunque a él le falta el encanto, la sensibilidad, la inteligencia y, por su puesto, como un metro de estatura (soy una bruja malvada), para asemejarse al héroe creado por Goethe.
Me gusta imaginar a David como a Dorian Gray (a él le gustaría ser eternamente joven y hermoso), a Cristóbal como el doctor Seward y a mi pequeño Emir siempre le doy un papel en cada una de mis lecturas, aún no sé a quién se parece exactamente, es demasiado complicado y listo: ha sido Ismael, Julián Soren, Sydney Carton, Mr. Hyde, Roberto de la Griva y, por estos días, le he dado la tarea de representar a Miramón, pues estoy leyendo a Fernando del Paso.
Para redondear esta carta y con el fin de recuperar la idea del primer párrafo, diré que hace poco tiempo, pensé encontrar a mi propio Fitzpatrick Darcy ─en algunas traducciones Fitzwilliam─, pero al parecer a él no le pareció tan buena idea quedarse conmigo. A pesar de que lo quiero mucho y lo extraño demasiado, lo mejor es desistir, dejarlo ir, aunque ─si lo he de confesar─ nada me gustaría más que olvidar todo y poder tener la seguridad de que él también desea estar a mi lado.
Con cariño
Jeanette
P.D. Deseo aclarar que Cartas a Adriana, es una sección en la que pretendo abordar toda clase de temas, pero en un tono más impersonal. El que estén dirigidas a mi amiga, no quiere decir que sean sólo para ella, esto lo digo por el comentario que me hizo llegar el buen José Luis Enciso; más bien, Cartas a Adriana trata de emular un poco el estilo epistolar de mis escritores favoritos, ¿me darán la licencia para ello?
Aclaro, también, que esta será la única ocasión en la que abordó un tema tan personal, pues no deseo convertir esto en un diario de chismes ─es más, no creo que le importen a nadie─, es sólo que por esta ocasión no lo pude resistir.
martes, 5 de agosto de 2008
De los 100 números del Buró
Mi querida Adriana:
He estado pensando y, en definitiva, no existe cosa alguna sobre lo que no te pudiera hablar. Eres un poco espejo y un tanto reflejo. Tú sabes lo que hay en mí y por lo tanto, desde hoy, te escribiré regularmente una carta, catarsis, pero también técnica morbosa, implementada con el fin de esquivar el tedio producido por los textos incluidos en este blog (tal vez así supere mi récord de visitas: 1 persona, ja, ja).
¿Por qué te escogí a ti como destinataria de mis epístolas y depositaria de mis devaneos y no a otro de mis amigos? Sabes de cierto que quiero muchísimo a Cristóbal y Emir Abdulla de León- Heroles (creo que ahora debería agregar el apellido Del Río. Perdón, chiste local); sin embargo, a ti te conozco desde hace más tiempo y, en definitiva, es más fácil entenderse con una mujer que con esa subespecie en vías de desarrollo cerebral que son los hombres (sin ofender chicos, me apego a las teorías de Darwin).
Pues así las cosas, comencemos… ¿qué te puedo contar? El domingo pasado se publicó el número 100 del otrora Buró, columna que hace poco cambió su nombre, para convertirse en una emulación de cocina económica o de taquería, pues ahora se llama Dos para llevar, nombre sugerido ─según el multicitado y acreditado maestro Víctor Manuel Torres ─ por el jefe Galarza (Sí, brincos diera que fuera mi jefe).
El punto es que llevo escribiendo reseñas para ese espacio desde hace casi un año y, haciendo cuentas, me di cuenta que de esas 100 emisiones, yo he escrito para poco menos de la mitad de ellas, lo cual es raro, considerando el hecho de que yo no trabajo en Excélsior y aún está lejano el día en que lo pueda hacer. Haciendo gala de arrogancia, creo que el único que me supera en el número de reseñas escritas es el propio Víctor, pero crimen sería enunciar lo contrario, pues él es el titular de la columna. Otro tanto puedo decir de Lecturas productivas, pero esa es otra historia.
Dados estos antecedentes, me pregunto cuál es la razón de que yo siga fuera de las nóminas de los periódicos de esta ciudad. ¡Nadie me quiere! Y mira que he trabajado, ya no tenga idea de qué es lo que debo hacer para conseguir un empleo decente, ya estoy bastante harta de estar jugando a la “maestra” en esa “escuela”… ¡Vamos, el tiempo pasa, dentro de unos cuantos meses cumpliré 26 años y es risible que yo me dedique a esto, mientras mis amigos ya son hasta editores web del Reforma!
¿Qué hago Adrianita? Dime, es que ha llegado la hora de desistir y renunciar a todo lo que yo quería, hay algo que no termina de embonar.
Sí, Cristóbal dirá que este espacio se convertirá en mi “muro de las lamentaciones”, pero qué remedio.
Te veo después, monstruo macarena, cambiaremos de tema y tal vez, para la siguiente sesión, redacte una virulenta diatriba en contra de cierto individuo de cuyo nombre no me quiero acordar (sí, Cervantes debe estar revolcándose en su tumba).
Bye, bye
Jeanette
He estado pensando y, en definitiva, no existe cosa alguna sobre lo que no te pudiera hablar. Eres un poco espejo y un tanto reflejo. Tú sabes lo que hay en mí y por lo tanto, desde hoy, te escribiré regularmente una carta, catarsis, pero también técnica morbosa, implementada con el fin de esquivar el tedio producido por los textos incluidos en este blog (tal vez así supere mi récord de visitas: 1 persona, ja, ja).
¿Por qué te escogí a ti como destinataria de mis epístolas y depositaria de mis devaneos y no a otro de mis amigos? Sabes de cierto que quiero muchísimo a Cristóbal y Emir Abdulla de León- Heroles (creo que ahora debería agregar el apellido Del Río. Perdón, chiste local); sin embargo, a ti te conozco desde hace más tiempo y, en definitiva, es más fácil entenderse con una mujer que con esa subespecie en vías de desarrollo cerebral que son los hombres (sin ofender chicos, me apego a las teorías de Darwin).
Pues así las cosas, comencemos… ¿qué te puedo contar? El domingo pasado se publicó el número 100 del otrora Buró, columna que hace poco cambió su nombre, para convertirse en una emulación de cocina económica o de taquería, pues ahora se llama Dos para llevar, nombre sugerido ─según el multicitado y acreditado maestro Víctor Manuel Torres ─ por el jefe Galarza (Sí, brincos diera que fuera mi jefe).
El punto es que llevo escribiendo reseñas para ese espacio desde hace casi un año y, haciendo cuentas, me di cuenta que de esas 100 emisiones, yo he escrito para poco menos de la mitad de ellas, lo cual es raro, considerando el hecho de que yo no trabajo en Excélsior y aún está lejano el día en que lo pueda hacer. Haciendo gala de arrogancia, creo que el único que me supera en el número de reseñas escritas es el propio Víctor, pero crimen sería enunciar lo contrario, pues él es el titular de la columna. Otro tanto puedo decir de Lecturas productivas, pero esa es otra historia.
Dados estos antecedentes, me pregunto cuál es la razón de que yo siga fuera de las nóminas de los periódicos de esta ciudad. ¡Nadie me quiere! Y mira que he trabajado, ya no tenga idea de qué es lo que debo hacer para conseguir un empleo decente, ya estoy bastante harta de estar jugando a la “maestra” en esa “escuela”… ¡Vamos, el tiempo pasa, dentro de unos cuantos meses cumpliré 26 años y es risible que yo me dedique a esto, mientras mis amigos ya son hasta editores web del Reforma!
¿Qué hago Adrianita? Dime, es que ha llegado la hora de desistir y renunciar a todo lo que yo quería, hay algo que no termina de embonar.
Sí, Cristóbal dirá que este espacio se convertirá en mi “muro de las lamentaciones”, pero qué remedio.
Te veo después, monstruo macarena, cambiaremos de tema y tal vez, para la siguiente sesión, redacte una virulenta diatriba en contra de cierto individuo de cuyo nombre no me quiero acordar (sí, Cervantes debe estar revolcándose en su tumba).
Bye, bye
Jeanette
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