martes, 2 de diciembre de 2008

De las letras a los números

Querida Adriana:

Crisis vocacional: esas son las dos palabras que pueden definir estos meses. En efecto, encontré a Moby Dick y ha ofrecido demasiada resistencia, tal vez me vea obligada a mantener la caza hasta la salida del sol.
Como sea, ya hay un “plan B”, pues si no logro dominar a la ballena blanca, definitivamente, no pienso tirarme al mar ¿Cuál es el plan alterno? Estudiar Física, ¿crees que sea disparatado? se aleja del todo de lo que he hecho hasta ahora e incluso no sé si tenga las habilidades necesarias para hacerlo, hay algo en mí que se resiste a dar ese paso, aunque en realidad hoy inicié con mis lecciones de matemáticas.
Me gustaría saber que debo hacer, pero desafortunadamente es cierto aquello afirmado por Kundera acerca de que la vida sólo es un conjunto de hipótesis que si no son sometidas a un proceso de investigación se quedarán estériles y harán más aburrida e intolerable la existencia.
De repente siento un enorme hastío hacia todo y hacía todos, qué remedio puede haber. Siento que estoy dando “palos de ciego” y no acierto a encontrar la senda correcta, ¿has tenido esa sensación?
Por si fuera poco, comienzo a entender un poco la lógica con la que operaba un personaje de Truman Capote, del cual hace poco discutí con el maestro Enciso, me refiero a Holly de Desayuno en Tiffany’s , quien trataba de justificar sus actos al autoconvencerse de que no era una puta, si en el fondo de su corazón encontraba una chispa de amor.
¿Encuentro amor en mis actos?, no, más bien una especie de resaca moral que trato de ocultar con el disfraz de sentimientos fingidos. Sabes a que me refiero. Creo que enloquezco.
Ya, basta de divagaciones, dime qué piensas de mi plan B. Mientras, trataré de eludir la realidad con un libro.
Cuídate y ruega porque halle algún tipo de iluminación en este errático camino.
Más loca que de costumbre.
Jeanette

viernes, 7 de noviembre de 2008

¿Por quién doblan las campanas?

Querida Adriana:

¿Has escuchado a las campanas doblar? La muerte tiene múltiples maneras para herirnos y el final biológico no es la única forma de despedida.
Hace casi diez años que las campanas sonaron para mí, ¿lo recuerdas? estudiábamos aún en el CCH y tuve que acompañar a mi madre a Veracruz. Al llegar al pueblo, un monótono tañido arrancó lamentos a Josefina: su padre había muerto.
¿Sufrí por aquel incidente? No particularmente; en toda mi infancia no vi a aquel hombre más de tres veces, casi no recuerdo nada de él, salvo las eternas peroratas de sus días de locura, cuando a la medianoche tomaba a bien improvisar cantos sacros, donde la virgen María y "los maicitos” adquirían el mismo nivel divino, o cuando se desgañitaba exigiendo comida —a las tres de la mañana— a María, mi abuela…
"María, hija de la chingada, ¿a qué hora van a estar mis chilaquiles?"… y ella, taciturna, se levantaba para acercarse a su catre y decirle que su hija, la "Inita", estaba de visita y que él, con sus gritos, no sólo iba a despertar a "los chiquillos" (léase mi hermano Joan y yo), sino a todo el vecindario.
"¿La Ina?", preguntaba un tanto sorprendido mi abuelo, a pesar de haber estado con mi madre toda la tarde. Mamá acomodaba mi cabeza en la almohada y se dirigía a la habitación de Guillermo: "ya duérmete, apá, ya es muy tarde".
Él la miraba unos minutos y, finalmente, fingía que dormía. Muchos años tuvo que aguantar María la locura de quien fue su esposo, desde mucho antes de que llegara su primera menstruación.
El aviso llegó por la noche —como suelen hacer las aves agoreras—, sonó el teléfono, mi papá contestó y, minutos después, vinieron los sollozos, las carreras y los fútiles esfuerzos por conseguir el dinero necesario para el funeral.
Si la memoria no me falla, aquella noche, yo leía el Werther de Goethe en la sala y mi hermano pretendía hacer su tarea en la cocina. Mamá entró (no sé porqué la recuerdo con el vestido negro de lunares blancos que traía puesto el día de la muerte de su hermano Alfonso, un par de años antes) y, tratando de contener los sollozos, nos informó que nuestro abuelo había muerto.
Pronto distinguí el enrojecimiento de la cara y los pliegues que se forman en la frente de Joan, cada vez que está a punto de llorar. Él lo quería y, supongo, que aún ahora, lo recuerda con cariño, pues en las pocas ocasiones que llegamos a ir de visita al pueblo, mi abuelo lo llevaba al barbecho o a la finca. Salían al camino de la mano, Guillermo con su camisa de franela a cuadros y un bordón para no perder el equilibrio, y Joan con la sonrisa de quien tiene siete años y no puede desear nada más que un viejo y ennegrecido sombrero de palma en la cabeza, una canasta con el almuerzo de mi tío en una mano y la posibilidad latente de mirar, tan sólo de reojo, a Carmelita, "corazón de chocolate", la vecina de ojitos verdes.
Yo también lloré y sólo ahora me atrevo a confesar que lo hice por motivos totalmente egoístas: esa semana iría a una comida con ciertos colombianos bastante guapos —al menos así me parecían a mis 16 años… bueno, también a mis 26—y ahora, me veía obligada a abandonar todos mis proyectos, por el deber de acompañar a mamá a Veracruz, pues Manuel, mi papá, no podía dejar el trabajo, Joan se quedaría para la escuela (estaba a punto de reprobar unas materias) y yo pasaba mis días holgazaneando, la UNAM se encontraba en huelga.
Al ver que los dos llorábamos, ella trató de tranquilizarnos y de explicarnos que mi abuelo había muerto porque ya estaba "muy viejito" y era preferible lo que estábamos pasando a que él hubiera sufrido durante largo tiempo por alguna enfermedad.
De muy mala gana, tomé un par de blusas, una chamarra y unos pantalones, los empaqué y subí al taxi que nos llevaría hasta la terminal de autobuses. Josefina no durmió en el camión, llegamos a Xalapa como a las tres de la mañana y, a esa hora, decidí desayunar. Ella no comió nada, ni siquiera quiso beber un café, ya no lloraba, pero sus ojos estaban anormalmente rojos. Tampoco quería hablar conmigo y se limitaba a ver hacia el frente, mientras esperábamos a que amaneciera, para poder tomar un transporte al pueblo, situado a unas dos horas de la capital.
Nunca dejé de hacer cálculos, todo el camino me la pasé observando vacas por la ventanilla y planeando estrategias para regresar pronto: "hoy lo entierran, otro día para descansar, uno para regresar y… ya está, en cuatro días puedo volver e ir a comer con Cocorro, Adriana y, claro está, con Esteban… ¡ah, qué bonitos ojos tiene Esteban!".
Llegamos a Cerrillos, es el nombre del lugar donde nació mi mamá, alrededor de las ocho de la mañana. Al abrir la puerta del taxi, me recibió el tétrico lamento de las campanas del pueblo, doblaban por mi abuelo.
Mamá no pudo reprimirse por más tiempo. Me dejó a la mitad de la calle empedrada, con las maletas tiradas a mis pies, y sitiada por la mirada curiosa de media decena de lugareños de hablar entrecortado, bigotes ralos y dientes de oro.
—Buenos días—, aventuré para salir del paso. Ellos, los amigos de mi abuelo, me contestaron e iniciaron el interrogatorio:"¿tú eres la hija de la Ina, verdá?", "¿y vienen solas verdá?","¿y tú papa (sic) no va a venir?", "¿querías mucho al ‘indio’?"…Contrariada, esperaba el regreso de mi madre, para que pudiera ayudarme con las mochilas y pagara al taxista…"sí señor, soy yo", "sí señor llegamos a las tres a Xalapa","no señor, tenía que trabajar, pero va a venir a recogernos", "no sé quién sea el ‘indio’, señor… ¡ah, mi abuelo!, sí señor lo quería mucho", "claro, debemos ser fuertes, así es la vida"…
Al entrar en la casa, me llamó la atención el trajín de muchas mujeres en la sala. Unas ponían flores en vasos de vidrio, otras encendían veladoras, algunas entraban y salían de la cocina al patio con recipientes de barro o aluminio entre las manos. De no ser por el cadáver cubierto con sábanas blancas que estaba sobre una mesa de madera, cualquiera se hubiera atrevido a jurar que aquellas figuras de delantal de cuadritos, trenzas largas y vestidos floreados se preparaban para una fiesta.
Entré a la cocina sin que nadie reparara en mí. Mi abuela miraba las ascuas del fogón, mientras se cubría la cabeza con un reboso azul marino y se mecía casi imperceptiblemente en una silla de madera a punto de quebrarse de tan vieja que era. ¿Qué le podía decir?, me acerqué, me arrodillé para quedar a la altura de su cara y le di un beso en la frente. "Mi niña, ¡qué bueno que vinites!", tras una breve mirada, rompió en sollozos. Me limité a abrazarla.
Un par de horas después, llegaron unos hombres con un ataúd demasiado grande para mi abuelo. El féretro me pareció demasiado colorido para la ocasión, era morado y estaba circundado por hilitos de color amarillo. La tapa estaba separada de la caja.
Con extraordinaria fortaleza, mi madre y abuela contemplaban cómo colocaban el cuerpo dentro del cajón. Mamá se acercó a hablar con Guillermo —hasta hoy ignoro lo que le dijo— y se despidió con un beso.
No creo haber vivido nada más terrible, esos segundos quitaron el egoísmo de mí y, por primera vez, lloré con sinceridad, no por mi abuelo, sino por el dolor de Josefina, a quien amo más que a nadie, y los angustiosos lamentos de mi abuela. Un hombre se acercó a clavar la tapa. Para mí, cada uno de los golpes resonarán para siempre, porque se mezclaron con los gritos de mamá y el doblar de las campanas.
Regresamos a la ciudad quince días después y, en realidad, ya no me importaba el haber perdido la reunión, mi abuela dejó su pueblo y se quedó a vivir con nosotros.
Aquel día de los dobles, la muerte me tocó por primera vez, no porque se haya llevado a alguien que yo quería, sino porque había desgarrado la alegría de mi madre. Desde entonces, Adriana, he de confesar que tengo miedo a la muerte, no a la mía, sino a la de quienes amo. ¿Qué haría yo si me dejan?
Por último, debo aceptar que tengo cierta morbosa curiosidad por saber cómo sonarán las campanas, cuando doblen por mí.

Tu siempre querida
Jeanette

El primer encuentro con el Leviatán

Querida Adriana:

Sé que es un lugar común hablar de las encrucijadas del camino; sin embargo, puedo afirmar el encontrarme en una de ellas. Todos sabemos que son diferentes las cosas que deseas hacer y aquéllas que realmente puedes realizar.
En realidad, es imposible ser bueno en todo y, en estas últimas semanas, me he dado cuenta de mi posesión de ciertas habilidades: puedo hacer corrección de estilo sin mayor problema, he podido ayudar, aunque sea someramente, a algunos de mis alumnos, ¿te he contado que uno de ellos decidió estudiar periodismo bajo el argumento de que quiere ser como yo?
¿A qué viene todo esto? fácil, tal vez el reporteo no esté entre mis posibilidades. Hiroshi me dio la oportunidad de estar en Global, pero no he realizado grandes cosas, me cuesta muchísimo lograr una entrevista, recién he acertado en el enfoque buscado en los reportajes y, en los primeros días, llegué al extremo de que el editor me pidiera escribir siguiendo la estructura de "sujeto, verbo y predicado". Te juro que, hasta ese día, nunca había podido aplicar a cabalidad el adjetivo "estúpida" (por no usar una palabra más fuerte) en mí misma.
Tal vez debería dedicarme únicamente a la corrección, al parecer consideran bueno mi trabajo en Mc Graw-Hill y aún siguen buscándome en Patria. Quizá sea momento de despertar y dejar de soñar, pero me resisto (tú sabes cuán terca soy) y mi lado más soberbio aflora y me impulsa a seguir aquí y a decir "si otros lo han podido hacer por qué yo no".
Es probable que este discurso derrotista nazca de mi cansancio crónico. Como sea , al mirar alrededor, es inevitable recordar una frase dicha por mi novio muerto, Víctor Hugo, en El 93:"los animales tienen derecho a descansar, más no los hombres" y entonces, a pesar de todo, retomo la lucha donde la había abandonado y me prometo a mi misma que no desistiré, sino hasta en el momento en que me vea precisada a dejar mi sangre sobre el papel o en el teclado de la computadora.
¿Lo ves? tan sólo con escribir esto he retornado a mi propósito original, no puedo permitirme hacer algo diferente en esta vida…
Pues así las cosas: yo lo intento, me dicen que no sirvo; lloro un día y al otro estoy feliz por haber hecho una entrevista, por ver mi nombre impreso sobre el periódico o, simplemente, por escuchar todas las cosas que dicen quienes me rodean.
Debo irme, monstruo, debo hacer un cuestionario y escribir, qué importa si, dentro de algunos minutos, me veo forzada a empezar de nuevo, al fin y al cabo, tengo la seguridad de siempre poder reiniciar.

Con grandes problemas de bipolaridad, tu siempre afectuosa

Jeanette

jueves, 28 de agosto de 2008

Recuerdos desde Nantucket

Querida Adriana:

He pasado demasiado tiempo en Nantucket y ahora es necesario regresar al océano. Debo dejar de jugar a ser Ismael, por más que me complazca la contemplación del mar, y aceptar, de una buena vez por todas, que soy el monomaniático Ajab y me destino es cazar a la ballena blanca o, de lo contrario, resignarme a morir, pues para mí no existe otro camino posible. ¿Desistir? Nunca. Prefiero navegar eternamente con mi pata de palo y la amargura en el corazón a perderme en el abismo de la molicie y el sinsentido.
Dentro de una semana me embarcaré, no espero que nadie vaya a despedirse al puerto, pero mucho me temo que si hay un naufragio, no encontraré los suficientes despojos para salir a flote. A Ismael, le aterraba el misterio del gran cachalote: el color le traía reminiscencias de antiguos actos siniestros, su habilidad le producía el vértigo atrayente del abismo y la incertidumbre de la muerte; sin embargo, más extraña que las aberraciones de un mundo caprichoso, es la irracionalidad del capitán, quien a sabiendas de su inferioridad respecto al monstruo, decide apostar su vida a la extraña empresa del dominio de la quimera, al sometimiento de la utopía, cuya materialización implicará el resumen y el premio a toda su existencia.
Sé que eres mi confidente, pero tú y yo conocemos de sobra que Moby Dick es sólo mi enemiga y esta aventura he de emprenderla sola y tengo mucho miedo, pues soy completamente consiente de mis debilidades y pecados. ¿Dios me ayudará? No, sabes que Él no moverá ni un dedo, todo depende, entonces, del viento y de mis habilidades como marinero, soy novel en el arte de la navegación, pero aspiro a convertirme en viejo lobo de mar. Supongo que intuyes las pregunta obligada: ¿cómo lograré clavar el arpón en su enorme corazón?, cada día me doy cuenta de mi flaqueza y me asusta mi ignorancia, pero tal vez si estudio, si me guío de los más sabios y persisto en mi cometido, finalmente logre vencerla.
Así, pues, levanto anclas de nuevo: tenderé el velamen y espero que mi alma no se amotine, ni el fuego logre llegar a la santamaría de mi barco. Con el paso de los días te daré la crónica de mi viaje, espero con ansia el día en que logre derrotar a mi monstruo.

Desde el puerto, tu fiel

Jeanette

martes, 26 de agosto de 2008

El verdadero Nombre y el misterio del universo

Jeanette Muñoz

Un día, un sabio rabino se sentó a la puerta de una Sinagoga para hablar sobre la Ley a los niños; el hombre explicó que aquel que pueda trazar el álef, la letra del agua y el génesis, y sea capaz de pronunciar en una sola voz el sonido de todas las cosas existentes en el universo, conocerá, por fin, el Nombre secreto de Dios, pues sólo los escogidos para tal honor, accederán al misterio de la mercabá, la carroza de los cielos, síntesis de los cuatro elementos y metáfora de las virtudes humanas.
En los miles de años de diáspora, el pueblo judío ha sido consolado en su sufrimiento por múltiples interpretaciones de lo divino: la Torá no sólo es testimonio literal del pasado hebreo, entre sus líneas se esconden mensajes que, leídos correctamente, revelan milagros, realidades fantásticas y el misticismo inherente a la vida diaria, mediada por la sabiduría obtenida a partir de la contemplación del cielo, el mar, la tierra y el alma de los hombres.
La narradora y ensayista Angelina Muñiz- Huberman, reúne, En el jardín de la cábala, una serie de cuentos matizados por las concepciones religiosas y éticas de los cabalistas, estudiosos del Talmud que trataban de encontrar las claves del misterio del universo, en el análisis exhaustivo de los libros dictados por Dios y en aquéllos escritos directamente por su mano.
Mediante una prosa ágil e incitante, la también autora de Huerto cerrado, huerto sellado expone a los no iniciados los intrincados, aunque luminosos, rincones de un mundo mágico cuya concepción se haya en el momento mismo de la separación entre el orden y el caos.

Bibliografía:

Muñiz- Huberman, Angelina. En el jardín de la cábala. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2008, 220 pp.

Lo bello en lo clásico

Jeanette Muñoz

Para muchos, la civilización griega simboliza la cúspide artística e intelectual del mundo occidental. La escultura, la pintura, la arquitectura, la poesía y el teatro helénicos se han constituido en figuras paradigmáticas de la imitación de la realidad empírica y la representación alegórica. La naturaleza, escribió el alemán Johann Joachim Wincklemann, fundador de la Historia del Arte, nunca alcanzará el ideal de la perfección; la belleza, por el contrario, sólo puede ser el resultado de una racionalización mediada por la cultura.
En Reflexiones sobre la imitación de las obras griegas en la pintura y en la escultura, recopilación de tres textos de elucidación artística, Wincklemann resucita la utopía de una sociedad que, basada en concepciones estéticas, logró configurar una particular visión de la belleza y la simetría, atribuible a elementos tan disímiles como las costumbres, el paisaje, el clima y la Historia de los antiguos habitantes de Ática.
No es que el arte haya sido inventado por los griegos, explica el estudioso de Brandemburgo, pues, varios siglos antes, los egipcios ya habían dado muestra de su capacidad de representación; sin embargo, la libertad inherente a los atenienses, permitió el desarrollo de un estado de contemplación que los llevó a la creación de obras, cuya belleza, más que sensualidad, se convierte en reflejo de lo etéreo y lo sublime, características que los artistas de cualquier época deberían imitar, so pena de caer en abstracciones ininteligibles y superfluas.

Bibliografía:
Winckelmann, Johann J. Reflexiones sobre la imitación de las obras griegas en la pintura y en la escultura. España, Fondo de Cultura Económica, 2007, 248 pp.

Tragedias más allá del jardín

Jeanette Muñoz

Entre las muchas habilidades de la Muerte, se encuentra la de marcar de un millón de maneras distintas a quienes tienen el infortunio de mirarla a la cara: a Sarah, una de las niñas de La casa del frontón, le desgarró el cuello de su blusa, tan sólo para recordarle que la vejez ya había llegado y atrás quedaban las noches de las fiestas celebradas a la orilla de la piscina decorada con flores blancas.
Frente al ataúd de su padre y las palabras esperanzadoras del rabino, Sarah lloró, no por quien habría de ser sepultado, sino por el destino que aquel hombre forjó para ella y sus hermanas, mujeres insertas en un mundo patriarcal, donde la dominación era el único signo visible del amor familiar y los miedos debían esconderse en el cuarto de baño, mientras los sollozos se ahogaban con el rumor del agua de la regadera.
Los rituales funerarios duraron una semana; más tardó el luto por una infancia malograda, una adolescencia infeliz y una adultez repleta de incertidumbres y culpas que arrastraron a la depresión a todas las hijas de Samuel, el próspero empresario judío. Sarah resiste la prueba refugiada en la comida, no así su “Ilys”, la hermana frágil que decide dejar de existir y despoja de su reflejo a su compañera de infancia.
Sofía Buzali, fundadora de la Academia de Artes plásticas y Visuales (ARTEUM) y finalista del concurso “Escribe tu libro”, se hace copartícipe en el dolor de sus personajes, explora sus pensamientos y las acompaña en un mundo donde, a pesar de las riquezas materiales y la vanidad, se impone el deseo de ser comprendidas, ayudadas y rescatadas de la miseria de la propia existencia.

Bibliografía:
Buzali, Sofía. La casa del frontón. México, Editorial Dos líneas, México, 2007, 120 pp.