Jeanette Muñoz
Entre las muchas habilidades de la Muerte, se encuentra la de marcar de un millón de maneras distintas a quienes tienen el infortunio de mirarla a la cara: a Sarah, una de las niñas de La casa del frontón, le desgarró el cuello de su blusa, tan sólo para recordarle que la vejez ya había llegado y atrás quedaban las noches de las fiestas celebradas a la orilla de la piscina decorada con flores blancas.
Frente al ataúd de su padre y las palabras esperanzadoras del rabino, Sarah lloró, no por quien habría de ser sepultado, sino por el destino que aquel hombre forjó para ella y sus hermanas, mujeres insertas en un mundo patriarcal, donde la dominación era el único signo visible del amor familiar y los miedos debían esconderse en el cuarto de baño, mientras los sollozos se ahogaban con el rumor del agua de la regadera.
Los rituales funerarios duraron una semana; más tardó el luto por una infancia malograda, una adolescencia infeliz y una adultez repleta de incertidumbres y culpas que arrastraron a la depresión a todas las hijas de Samuel, el próspero empresario judío. Sarah resiste la prueba refugiada en la comida, no así su “Ilys”, la hermana frágil que decide dejar de existir y despoja de su reflejo a su compañera de infancia.
Sofía Buzali, fundadora de la Academia de Artes plásticas y Visuales (ARTEUM) y finalista del concurso “Escribe tu libro”, se hace copartícipe en el dolor de sus personajes, explora sus pensamientos y las acompaña en un mundo donde, a pesar de las riquezas materiales y la vanidad, se impone el deseo de ser comprendidas, ayudadas y rescatadas de la miseria de la propia existencia.
Bibliografía:
Buzali, Sofía. La casa del frontón. México, Editorial Dos líneas, México, 2007, 120 pp.
martes, 26 de agosto de 2008
miércoles, 13 de agosto de 2008
Sabor lima- limón
Querida Adriana:
Como Mamburú se fue a la guerra (sí, ¡qué dolor, qué dolor, qué pena!) sin despedirse de mí, he ocupado mi mente en cuestiones tan trascendentes como la forma de las nubes (¿qué?, de alguna manera debo eludir la realidad, so pena de convertirme en tu amiga la loca).
Pues bien, ayer aproveché mi viaje a Naucalpan (sabes de mis clases ahí) para relajarme un poco y ahuyentar los fantasmas. Entre mis lúdicas actividades microbuseras, incluí la observación del cielo y fue inevitable recordar aquel viejo fragmento de Canek que solía leer con Kathya en la explanada de la Facultad, ¿lo recuerdas?:
“-Mira las nubes, Jacinto. Dentro de ellas viven los fantasmas. Cuando los fantasmas duermen, las nubes son blancas; vuelan despacio para no despertarlos. Los mecen y los llevan lejos. Cuando los fantasmas despiertan, las nubes se vuelven grises y se agazapan contra el horizonte. Cuando los fantasmas se enfurecen, entonces las nubes se tornan negras, se agrietan y estallan.
Canek preguntó:
- ¿Y nunca salen los fantasmas de las nubes?
- Cuando salen de las nubes, las nubes desaparecen.
- ¿Entonces qué son las nubes?
- Las nubes, Jacinto, son las sombras de los fantasmas”
Sí, es muy bueno. Quisiera algún día poder escribir de esa forma.
¿Sabes en qué más pensé ayer, Adriana? En todo lo que solía soñar. No cabe duda de que, con el tiempo, todo se desmorona…
No pensemos en ello y cambiemos de tema. Déjame contarte que por estos días me he ocupado de dar clases de gramática. Cuando llegamos a la conjugación de los verbos, uno de mis alumnos me lanzó una pregunta que ya me habían hecho antes (tal vez tú sabes cuál es la respuesta): ¿cómo se conjuga “saber”?, inicialmente, pensé que hablaba del “saber” referido a la posesión de ciertos conocimientos o habilidades; sin embargo, él especificó que se refería al “saber” que significa tener sabor, verbo comúnmente aplicado sólo a las terceras personas tanto del plural como del singular. Ante tal duda, llegó a mi mente el vívido recuerdo de una tarde en que alguien me dijo: “sabes a manzana con canela”… “tú tienes un gusto a limón”, debí haber contestado en aquel entonces, pero con los nervios me limité a reír estúpidamente.
Yo sé, tú sabes, él sabe… No es que él tenga un sabor cítrico, más bien todo su cuerpo huele de esa forma, su cabello, su cuello, sus brazos… sus labios hechos un tanto de esencia de naranjas y otro tanto de jugo de limas.
Nosotros sabemos, ellos saben, ustedes saben, sí en efecto, no sólo los alimentos poseen sabor, las personas también lo tienen y cuando ellas deciden alejarse de ti, sólo los aromas y un agridulce gusto en la lengua preservan la memoria de los días pasados.
“Saber de sabor”, como diría mi avispado alumno, se conjuga de la misma manera que saber; sin embargo, como vos sabéis, los conocimientos escapan, tarde o temprano, de tu mente… pero, los sabores, Adriana, te dejan la tibia conciencia de lo perdido.
Con nostalgia
Jeanette
domingo, 10 de agosto de 2008
Azul pintado de azul
Las dobles adjetivaciones, el ritmo sustentado en aliteraciones, la exaltación de lo bello e ideal −como recordatorio político de lo socialmente destruido− y la manifestación melancólica en tonalidades azules, marcaron una inflexión en la literatura y en la lengua de estas latitudes. Sin la irrupción intelectual del modernismo, los escritores latinoamericanos nunca hubiesen sido capaces de sustraerse a la estética y al estilo implantados por los autores europeos y jamás hubiera sido posible la incorporación a nuestras historias de las voces, sabores, alegrías y lamentos locales.
Rubén Darío, José Juan Tablada. Leopoldo Lugones, Amado Nervo y José Martí, por mencionar algunos, fueron maestros de un movimiento artístico de difícil definición e intrincada clasificación, pero cuyas obras son capaces de demostrar las posibilidades de nuestra lengua, al ser sometida al paciente tratamiento de las “manos del orfebre”.
En Cuento modernista hispanoamericano, Fernando Díez de Urdanivia reúne una colección de 27 obras, cuyos temas van desde la oscura concepción teológica de un pueblo suicida, hasta la inocencia de una niña que, al preferir una muñeca negra, se opone al dolor generado por la discriminación inherente a un sistema de castas; todo ello, enmarcado en las construcciones sintácticas que generaron uno de los tres grandes giros sufridos por el castellano −los otros dos fueron Góngora y Garcilaso, según el compilador− y en un lirismo cuyo común denominador es la extrañeza ante “los misterios de la vida y la muerte”.
Díez de Urdanivia, Fernando. Cuento modernista hispanoamericano. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2008, 304 pp.
Rubén Darío, José Juan Tablada. Leopoldo Lugones, Amado Nervo y José Martí, por mencionar algunos, fueron maestros de un movimiento artístico de difícil definición e intrincada clasificación, pero cuyas obras son capaces de demostrar las posibilidades de nuestra lengua, al ser sometida al paciente tratamiento de las “manos del orfebre”.
En Cuento modernista hispanoamericano, Fernando Díez de Urdanivia reúne una colección de 27 obras, cuyos temas van desde la oscura concepción teológica de un pueblo suicida, hasta la inocencia de una niña que, al preferir una muñeca negra, se opone al dolor generado por la discriminación inherente a un sistema de castas; todo ello, enmarcado en las construcciones sintácticas que generaron uno de los tres grandes giros sufridos por el castellano −los otros dos fueron Góngora y Garcilaso, según el compilador− y en un lirismo cuyo común denominador es la extrañeza ante “los misterios de la vida y la muerte”.
Díez de Urdanivia, Fernando. Cuento modernista hispanoamericano. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2008, 304 pp.
Cuando el amor se va…
De entre los cientos de personas que podemos conocer en nuestra vida, de repente, surge alguna capaz de romper el equilibrio, de hurtar la tranquilidad y dejar en su lugar una suerte de desazón que, mal orientada, puede arrastrarnos al sufrimiento y a la ejecución de actos totalmente ajenos a nuestras concepciones tradicionales sobre la moral.
¿Qué es lo que queda cuando el amor se va? Humanamente, buscamos con desesperación la manera de llenar el vacío. Agustín −que no Juan− Escutia (chiste del autor) fue abandonado por su Esteban y, tras haberle devuelto todas sus cosas, se dedicó a la recreativa tarea de fornicar con cuanto hombre se le cruzara por el camino.
Encuentros ocasionales en cines porno y baños públicos, orgías al por mayor, uso de botellas y mangueras, como sustitutos de falos, llenan la vida de Agustín y las páginas de Cuchillo de doble filo, novela donde Luis González de Alba hace gala de un lenguaje soez y una imaginación prosaica que, lejos de contribuir a la aceptación de la comunidad homosexual, conlleva al refuerzo de los estereotipos en boga y a la discriminación, ya de por sí preocupante, hacia este grupo.
La vida no tiene que ser, únicamente, una serie de encuentros carnales fortuitos; existe algo más allá a la simple vocación por el placer sexual, aun en aquellos casos en que la tristeza nos empuja a la irracionalidad. Alguien debería habérselo dicho al autor hace mucho tiempo y, de esta forma, nos hubiese ahorrado más de cien páginas de lectura estéril.
Bibliografía:
González de Alba, Luis. Cuchillo de doble filo. México, Cal y arena, 2008, 132 pp.
¿Qué es lo que queda cuando el amor se va? Humanamente, buscamos con desesperación la manera de llenar el vacío. Agustín −que no Juan− Escutia (chiste del autor) fue abandonado por su Esteban y, tras haberle devuelto todas sus cosas, se dedicó a la recreativa tarea de fornicar con cuanto hombre se le cruzara por el camino.
Encuentros ocasionales en cines porno y baños públicos, orgías al por mayor, uso de botellas y mangueras, como sustitutos de falos, llenan la vida de Agustín y las páginas de Cuchillo de doble filo, novela donde Luis González de Alba hace gala de un lenguaje soez y una imaginación prosaica que, lejos de contribuir a la aceptación de la comunidad homosexual, conlleva al refuerzo de los estereotipos en boga y a la discriminación, ya de por sí preocupante, hacia este grupo.
La vida no tiene que ser, únicamente, una serie de encuentros carnales fortuitos; existe algo más allá a la simple vocación por el placer sexual, aun en aquellos casos en que la tristeza nos empuja a la irracionalidad. Alguien debería habérselo dicho al autor hace mucho tiempo y, de esta forma, nos hubiese ahorrado más de cien páginas de lectura estéril.
Bibliografía:
González de Alba, Luis. Cuchillo de doble filo. México, Cal y arena, 2008, 132 pp.
Sobre la vida en los libros
Querida Adriana:
Si algo me molesta de las personas, es el hecho de que deseen pensar por ti; dan por sentadas sus convicciones, sin tomarse la molestia de consultar tu opinión. A casi un mes de distancia, no acabo de entender lo sucedido… ¡qué más da! Culpa mía es por creer a pies juntillas todo lo que me dicen. Nunca fue más clara para mí aquella vieja máxima que dice “en el pecado viene la penitencia”. Claro está que no me arrepiento, yo no hice nada inadecuado y si alguien se equivocó, de cierto te sé decir que no fui yo.
Me causa una enorme repulsa el vivir en este siglo, sé que es motivo de risa, pero en verdad hubiese agradecido ser un personaje de un libro de Austin… sí, me puedes argüir, y con justa razón, que, en más de una ocasión, esa escritora fue calificada de “tonta mariposa atrapa maridos”, pero la verdad es que nunca se casó (gran paradoja), además yo dije que deseo ser uno de sus personajes y no ella misma. ¿A quién, entonces, me refiero?, por su puesto, a Elizabeth Bennet, ¿puedes imaginar vida más feliz y gratificante? Estudios de música, pintura, alemán, francés, latín, historia, geografía, tiempo para la lectura, caminatas por el campo y particular talento para las letras; todo ello, complementado con viajes a Londres y a París, amén de relaciones perfectas.
Todo sería más fácil si viviera dentro de un libro decimonónico o anterior ─voy mejorando, de niña quería ser un personaje de serie animada─, ¡hubiese sido fantástico ser Eponine Tenandier de Víctor Hugo (de hecho me identifico un poco con ella y haber sido Cosette implicaría aceptar ser un tanto estúpida y el asunto aquí es mejorar)!, ¡qué tal Elizabeth Havisham de Dickens!: la loca eternamente enamorada de un hombre que la abandonó en el altar, vestida para siempre de novia con un albo traje bordado de telarañas… Sí, ya sé que por ahora no tengo tiempo para la demencia, debo trabajar y sacar el más cuerdo de mis rostros, para afrontar a mis “alumnos” ─que, por cierto, tienen la habilidad de inducirme al delirio─ y a la monomanía que he forjado por mi Moby Dick personal, tú sabes bien cuál es.
¿Sabes qué sería en verdad divertido? Despertar un día y descubrir que, en lugar de estar en mi cama, me encuentro en el vagón de un tren camino a los Cárpatos: La puerta se abre y… ¿señorita Murray hemos tenido durante la noche noticias del conde?, en ese caso, a ti te hubiese correspondido ser la poco cándida señorita Lucy Westenra y, a decir verdad, no creo que te vaya muy bien el papel, eres demasiado casta para ello.
¿Quién te gustaría ser querida Adriana?, nunca en los viajes emprendidos de la mano de mis novios muertos he encontrado a alguien parecida a ti y eso puede ser explicable por la razón de que tú eres uno de esos seres sencillos a quien el mundo odiaría perder… pero, ahora que lo pienso, tal vez te asemejas un poco a Carlota, la obsesión de Werther, coqueta, un tanto desconsiderada con tus pretendientes… espero que no induzcas a Carlos Daniel al suicidio, aunque a él le falta el encanto, la sensibilidad, la inteligencia y, por su puesto, como un metro de estatura (soy una bruja malvada), para asemejarse al héroe creado por Goethe.
Me gusta imaginar a David como a Dorian Gray (a él le gustaría ser eternamente joven y hermoso), a Cristóbal como el doctor Seward y a mi pequeño Emir siempre le doy un papel en cada una de mis lecturas, aún no sé a quién se parece exactamente, es demasiado complicado y listo: ha sido Ismael, Julián Soren, Sydney Carton, Mr. Hyde, Roberto de la Griva y, por estos días, le he dado la tarea de representar a Miramón, pues estoy leyendo a Fernando del Paso.
Para redondear esta carta y con el fin de recuperar la idea del primer párrafo, diré que hace poco tiempo, pensé encontrar a mi propio Fitzpatrick Darcy ─en algunas traducciones Fitzwilliam─, pero al parecer a él no le pareció tan buena idea quedarse conmigo. A pesar de que lo quiero mucho y lo extraño demasiado, lo mejor es desistir, dejarlo ir, aunque ─si lo he de confesar─ nada me gustaría más que olvidar todo y poder tener la seguridad de que él también desea estar a mi lado.
Con cariño
Jeanette
P.D. Deseo aclarar que Cartas a Adriana, es una sección en la que pretendo abordar toda clase de temas, pero en un tono más impersonal. El que estén dirigidas a mi amiga, no quiere decir que sean sólo para ella, esto lo digo por el comentario que me hizo llegar el buen José Luis Enciso; más bien, Cartas a Adriana trata de emular un poco el estilo epistolar de mis escritores favoritos, ¿me darán la licencia para ello?
Aclaro, también, que esta será la única ocasión en la que abordó un tema tan personal, pues no deseo convertir esto en un diario de chismes ─es más, no creo que le importen a nadie─, es sólo que por esta ocasión no lo pude resistir.
Si algo me molesta de las personas, es el hecho de que deseen pensar por ti; dan por sentadas sus convicciones, sin tomarse la molestia de consultar tu opinión. A casi un mes de distancia, no acabo de entender lo sucedido… ¡qué más da! Culpa mía es por creer a pies juntillas todo lo que me dicen. Nunca fue más clara para mí aquella vieja máxima que dice “en el pecado viene la penitencia”. Claro está que no me arrepiento, yo no hice nada inadecuado y si alguien se equivocó, de cierto te sé decir que no fui yo.
Me causa una enorme repulsa el vivir en este siglo, sé que es motivo de risa, pero en verdad hubiese agradecido ser un personaje de un libro de Austin… sí, me puedes argüir, y con justa razón, que, en más de una ocasión, esa escritora fue calificada de “tonta mariposa atrapa maridos”, pero la verdad es que nunca se casó (gran paradoja), además yo dije que deseo ser uno de sus personajes y no ella misma. ¿A quién, entonces, me refiero?, por su puesto, a Elizabeth Bennet, ¿puedes imaginar vida más feliz y gratificante? Estudios de música, pintura, alemán, francés, latín, historia, geografía, tiempo para la lectura, caminatas por el campo y particular talento para las letras; todo ello, complementado con viajes a Londres y a París, amén de relaciones perfectas.
Todo sería más fácil si viviera dentro de un libro decimonónico o anterior ─voy mejorando, de niña quería ser un personaje de serie animada─, ¡hubiese sido fantástico ser Eponine Tenandier de Víctor Hugo (de hecho me identifico un poco con ella y haber sido Cosette implicaría aceptar ser un tanto estúpida y el asunto aquí es mejorar)!, ¡qué tal Elizabeth Havisham de Dickens!: la loca eternamente enamorada de un hombre que la abandonó en el altar, vestida para siempre de novia con un albo traje bordado de telarañas… Sí, ya sé que por ahora no tengo tiempo para la demencia, debo trabajar y sacar el más cuerdo de mis rostros, para afrontar a mis “alumnos” ─que, por cierto, tienen la habilidad de inducirme al delirio─ y a la monomanía que he forjado por mi Moby Dick personal, tú sabes bien cuál es.
¿Sabes qué sería en verdad divertido? Despertar un día y descubrir que, en lugar de estar en mi cama, me encuentro en el vagón de un tren camino a los Cárpatos: La puerta se abre y… ¿señorita Murray hemos tenido durante la noche noticias del conde?, en ese caso, a ti te hubiese correspondido ser la poco cándida señorita Lucy Westenra y, a decir verdad, no creo que te vaya muy bien el papel, eres demasiado casta para ello.
¿Quién te gustaría ser querida Adriana?, nunca en los viajes emprendidos de la mano de mis novios muertos he encontrado a alguien parecida a ti y eso puede ser explicable por la razón de que tú eres uno de esos seres sencillos a quien el mundo odiaría perder… pero, ahora que lo pienso, tal vez te asemejas un poco a Carlota, la obsesión de Werther, coqueta, un tanto desconsiderada con tus pretendientes… espero que no induzcas a Carlos Daniel al suicidio, aunque a él le falta el encanto, la sensibilidad, la inteligencia y, por su puesto, como un metro de estatura (soy una bruja malvada), para asemejarse al héroe creado por Goethe.
Me gusta imaginar a David como a Dorian Gray (a él le gustaría ser eternamente joven y hermoso), a Cristóbal como el doctor Seward y a mi pequeño Emir siempre le doy un papel en cada una de mis lecturas, aún no sé a quién se parece exactamente, es demasiado complicado y listo: ha sido Ismael, Julián Soren, Sydney Carton, Mr. Hyde, Roberto de la Griva y, por estos días, le he dado la tarea de representar a Miramón, pues estoy leyendo a Fernando del Paso.
Para redondear esta carta y con el fin de recuperar la idea del primer párrafo, diré que hace poco tiempo, pensé encontrar a mi propio Fitzpatrick Darcy ─en algunas traducciones Fitzwilliam─, pero al parecer a él no le pareció tan buena idea quedarse conmigo. A pesar de que lo quiero mucho y lo extraño demasiado, lo mejor es desistir, dejarlo ir, aunque ─si lo he de confesar─ nada me gustaría más que olvidar todo y poder tener la seguridad de que él también desea estar a mi lado.
Con cariño
Jeanette
P.D. Deseo aclarar que Cartas a Adriana, es una sección en la que pretendo abordar toda clase de temas, pero en un tono más impersonal. El que estén dirigidas a mi amiga, no quiere decir que sean sólo para ella, esto lo digo por el comentario que me hizo llegar el buen José Luis Enciso; más bien, Cartas a Adriana trata de emular un poco el estilo epistolar de mis escritores favoritos, ¿me darán la licencia para ello?
Aclaro, también, que esta será la única ocasión en la que abordó un tema tan personal, pues no deseo convertir esto en un diario de chismes ─es más, no creo que le importen a nadie─, es sólo que por esta ocasión no lo pude resistir.
martes, 5 de agosto de 2008
De los 100 números del Buró
Mi querida Adriana:
He estado pensando y, en definitiva, no existe cosa alguna sobre lo que no te pudiera hablar. Eres un poco espejo y un tanto reflejo. Tú sabes lo que hay en mí y por lo tanto, desde hoy, te escribiré regularmente una carta, catarsis, pero también técnica morbosa, implementada con el fin de esquivar el tedio producido por los textos incluidos en este blog (tal vez así supere mi récord de visitas: 1 persona, ja, ja).
¿Por qué te escogí a ti como destinataria de mis epístolas y depositaria de mis devaneos y no a otro de mis amigos? Sabes de cierto que quiero muchísimo a Cristóbal y Emir Abdulla de León- Heroles (creo que ahora debería agregar el apellido Del Río. Perdón, chiste local); sin embargo, a ti te conozco desde hace más tiempo y, en definitiva, es más fácil entenderse con una mujer que con esa subespecie en vías de desarrollo cerebral que son los hombres (sin ofender chicos, me apego a las teorías de Darwin).
Pues así las cosas, comencemos… ¿qué te puedo contar? El domingo pasado se publicó el número 100 del otrora Buró, columna que hace poco cambió su nombre, para convertirse en una emulación de cocina económica o de taquería, pues ahora se llama Dos para llevar, nombre sugerido ─según el multicitado y acreditado maestro Víctor Manuel Torres ─ por el jefe Galarza (Sí, brincos diera que fuera mi jefe).
El punto es que llevo escribiendo reseñas para ese espacio desde hace casi un año y, haciendo cuentas, me di cuenta que de esas 100 emisiones, yo he escrito para poco menos de la mitad de ellas, lo cual es raro, considerando el hecho de que yo no trabajo en Excélsior y aún está lejano el día en que lo pueda hacer. Haciendo gala de arrogancia, creo que el único que me supera en el número de reseñas escritas es el propio Víctor, pero crimen sería enunciar lo contrario, pues él es el titular de la columna. Otro tanto puedo decir de Lecturas productivas, pero esa es otra historia.
Dados estos antecedentes, me pregunto cuál es la razón de que yo siga fuera de las nóminas de los periódicos de esta ciudad. ¡Nadie me quiere! Y mira que he trabajado, ya no tenga idea de qué es lo que debo hacer para conseguir un empleo decente, ya estoy bastante harta de estar jugando a la “maestra” en esa “escuela”… ¡Vamos, el tiempo pasa, dentro de unos cuantos meses cumpliré 26 años y es risible que yo me dedique a esto, mientras mis amigos ya son hasta editores web del Reforma!
¿Qué hago Adrianita? Dime, es que ha llegado la hora de desistir y renunciar a todo lo que yo quería, hay algo que no termina de embonar.
Sí, Cristóbal dirá que este espacio se convertirá en mi “muro de las lamentaciones”, pero qué remedio.
Te veo después, monstruo macarena, cambiaremos de tema y tal vez, para la siguiente sesión, redacte una virulenta diatriba en contra de cierto individuo de cuyo nombre no me quiero acordar (sí, Cervantes debe estar revolcándose en su tumba).
Bye, bye
Jeanette
He estado pensando y, en definitiva, no existe cosa alguna sobre lo que no te pudiera hablar. Eres un poco espejo y un tanto reflejo. Tú sabes lo que hay en mí y por lo tanto, desde hoy, te escribiré regularmente una carta, catarsis, pero también técnica morbosa, implementada con el fin de esquivar el tedio producido por los textos incluidos en este blog (tal vez así supere mi récord de visitas: 1 persona, ja, ja).
¿Por qué te escogí a ti como destinataria de mis epístolas y depositaria de mis devaneos y no a otro de mis amigos? Sabes de cierto que quiero muchísimo a Cristóbal y Emir Abdulla de León- Heroles (creo que ahora debería agregar el apellido Del Río. Perdón, chiste local); sin embargo, a ti te conozco desde hace más tiempo y, en definitiva, es más fácil entenderse con una mujer que con esa subespecie en vías de desarrollo cerebral que son los hombres (sin ofender chicos, me apego a las teorías de Darwin).
Pues así las cosas, comencemos… ¿qué te puedo contar? El domingo pasado se publicó el número 100 del otrora Buró, columna que hace poco cambió su nombre, para convertirse en una emulación de cocina económica o de taquería, pues ahora se llama Dos para llevar, nombre sugerido ─según el multicitado y acreditado maestro Víctor Manuel Torres ─ por el jefe Galarza (Sí, brincos diera que fuera mi jefe).
El punto es que llevo escribiendo reseñas para ese espacio desde hace casi un año y, haciendo cuentas, me di cuenta que de esas 100 emisiones, yo he escrito para poco menos de la mitad de ellas, lo cual es raro, considerando el hecho de que yo no trabajo en Excélsior y aún está lejano el día en que lo pueda hacer. Haciendo gala de arrogancia, creo que el único que me supera en el número de reseñas escritas es el propio Víctor, pero crimen sería enunciar lo contrario, pues él es el titular de la columna. Otro tanto puedo decir de Lecturas productivas, pero esa es otra historia.
Dados estos antecedentes, me pregunto cuál es la razón de que yo siga fuera de las nóminas de los periódicos de esta ciudad. ¡Nadie me quiere! Y mira que he trabajado, ya no tenga idea de qué es lo que debo hacer para conseguir un empleo decente, ya estoy bastante harta de estar jugando a la “maestra” en esa “escuela”… ¡Vamos, el tiempo pasa, dentro de unos cuantos meses cumpliré 26 años y es risible que yo me dedique a esto, mientras mis amigos ya son hasta editores web del Reforma!
¿Qué hago Adrianita? Dime, es que ha llegado la hora de desistir y renunciar a todo lo que yo quería, hay algo que no termina de embonar.
Sí, Cristóbal dirá que este espacio se convertirá en mi “muro de las lamentaciones”, pero qué remedio.
Te veo después, monstruo macarena, cambiaremos de tema y tal vez, para la siguiente sesión, redacte una virulenta diatriba en contra de cierto individuo de cuyo nombre no me quiero acordar (sí, Cervantes debe estar revolcándose en su tumba).
Bye, bye
Jeanette
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