jueves, 8 de enero de 2009

No lo robé, saltó a mis manos

A pesar de lo comúnmente creído, un lector no es quien escoge el texto que desea leer. Es mentira que uno llegue a la librería y compré la historia de su preferencia. Hemos vivido engañados, pues, en realidad, los libros son quienes nos buscan y quienes, cuando encuentran a la persona ideal, se muestran en las mesas o anaqueles y saltan hasta nuestras manos, para que con nuestros ojos completemos lo contado.
Cuando se lee, no se ven letras, sino aquello sucedido a otras personas en otros lugares y tiempos, así lo descubrió Juan cuando, ante el divorcio de sus padres, se vio obligado a ir a vivir a la casa- biblioteca de su excéntrico, pero amable, tío Tito.
El niño de trece años se dio cuenta de que muchas veces una buena historia puede ser más emocionante que vagabundear con tu mejor amigo en una casa abandonada repleta de gatos callejeros. Además, lo sabría más tarde, un libro también puede ser el mejor aliado para conquistar a una bella chica de ojos color miel.
Aunque no nos demos cuenta, los libros saltan de un estante a otro de las bibliotecas, conviven con la gente y buscan con avidez a los lectores capaces de reflejarse en un cuento o una novela, pero así como hay libros cazadores, también hay otros a los cuales no les gustaría ser cazados, “un libro salvaje”, diría Villoro, una especie de potro en papel que promete la más grande aventura a los amantes de las letras, pero que antes de entregarse debe descubrir a quien, además de vivir las aventuras de otros, pueda demostrar poseer una propia y emocionante historia.

Bibliografía:

Villoro, Juan. El libro salvaje. México, Fondo de Cultura Económica, 2008, 240 pp.

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