miércoles, 11 de junio de 2008

Agustín Goenaga: un mundo establecido en el reino de los muertos

Una vez que la historia ha sido creada, ésta camina sola, se aleja de su autor, evoluciona bajo sus propias reglas y establece la dirección de su pequeño universo. Es este el momento en que, según escribió Víctor Hugo en su Promontorium Somnni, la pequeña reina Mab de Shakespeare cobra vida y decide abofetear a todos aquellos que en su pretendida “superioridad orgánica”, se atreven a espetarle en el rostro la idea de su inexistencia.
Los personajes, al principio símbolo o idea de un tipo humano, se visten de músculos, carne, nervios, y se convierten en individuos con “un corazón para amar, entrañas para sufrir, ojos para llorar y dientes para devorar o reír, una concepción psíquica que tiene el relieve del hecho y que, cuando sangra, sangra verdadera sangre…” (Victor Hugo. Manifiesto romántico).
Así son Alia o Cora, los pescadores, el tabernero, el soldado sin nombre o el toro que se enfrenta en una reyerta de carnaval a un lobo: habitantes umbríos de un mundo tenebroso materializado en La frase negra, metáfora del pensamiento de Agustín Goenaga, un escritor que, según declara él mismo en entrevista, lleva la oscuridad dentro sí.
Un autor, reflexiona el novelista, “es el insatisfecho, el quejumbroso que se siente incómodo en el mundo y se da a la tarea de hacer uno distinto, posiblemente dañado y frágil, pero que al menos es el suyo”. La frase negra, menciona al respecto Goenaga, es el pequeño universo resultante del intento de lo invisible por expresarse a través de algo tangible, “es una experiencia que se trata de describir, con cierta desesperación, por medio de las palabras, pero que, dada su naturaleza abstracta, es demasiado inasible para ser enunciada.”
La novela, editada por Era y el Consejo Nacional para la Cultura y la Artes (Conaculta), nació de la idea de reproducir en una historia, una sensación que, tal vez, se pueda explicar con la siguiente cita extraída de La frase negra: “la vida se mira de frente, la muerte en cambio es una estrella que sólo brilla cuando se mira de soslayo.”
A partir de ahí, explica Goenaga, fue que la historia cobró forma y los personajes adquirieron nombres e identidades. “Una de las primeras imágenes que tengo de la idea original del libro es la de un sujeto tendido en un arroyo de poca profundidad, donde el agua apenas le cubre el cuerpo. Desde ahí abre los ojos y observa una luna gigantesca que no puede distinguir con claridad. Alcanza a ver las formas, pero las figuras y los colores están difuminados a causa del agua. El hombre abre la boca para decir algo, le entra el agua a los pulmones y comienza a toser, por ello se ve obligado a sacar la cara del arroyo, es éste el momento en que descubre las formas con toda claridad y es aquí, también, donde surge el dilema que desata la trama del libro: una vez vista la realidad, ¿cómo volver a taparse los ojos?, ¿se quedará afuera y morirá de asfixia o volverá a vivir en ese mundo subacuático donde la belleza está diluida?”
Admirador de escritores tan disímiles como Shakespeare, Dostoievski, Faulkner y Rulfo, Goenaga confiesa que al redactar la Frase negra intentó crear uno de esos universos fantásticos nacidos en papel y tinta, que pronto influyen por su fuerza al mundo real. “Se trataba de mantener esa sensación de incertidumbre, estamos en un paréntesis, en una herida del tiempo, donde es más fácil encontrar la desnudez de las cosas.”
Plagada de elementos mitológicos griegos, el escritor explica, que la novela está contextualizada en un puerto, espejismo del “reino de los muertos”, apto para convertirse en un espacio de revelación: “aquí las metáforas se reflejan mutuamente” y muestran de una forma física lo sucedido en la psique de los pobladores de ese pequeño mundo inundado por la bruma marina.
Para el joven escritor de 23 años, nacido en el Distrito Federal y radicado en Guadalajara, el apoyo recibido por Era, en colaboración con Conaculta, y la publicación de la Frase negra son una muestra de que en México, la literatura aún puede abrirse caminos por sí misma, sin necesidad del apoyo que le puedan brindar las relaciones sociales, o el impulso de consideraciones comerciales.
“Yo envié el manuscrito a la editorial hace ya tiempo y dos años después, cuando vivía en Finlandia, recibí un correo donde me preguntaban por la disponibilidad de los derechos. Eso me hizo pensar en que todavía existen libros que se sostienen solos”, reflexiona el autor.
Por ahora, el también licenciado en Relaciones Internacionales se ocupa de dar forma a su nueva novela, obra que estará situada en Helsinki y donde tratará de capturar el ambiente y las concepciones de los habitantes de esa latitud, a la que él mismo perteneció hace algún tiempo.

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